Una escena de ficción

En el curso de español leímos el texto Una historia de España (II) escrito por Arturo Pérez-Reverte y para el deber tuvimos que escribir una frase usando alguna palabra coloquial o expresión de Pérez-Reverte. Los deberes de este tipo se me van de las manos –muchas veces, 😀 y así pasó también con este ejercicio. No escribí solamente una frase sino una escena de ficción. Como se puede ver del texto, últimamente he leído novelas policiacas, quizá demasiadas. 😀 El ambiente del texto es un poco oscuro, como en muchas novelas policiacas.


      Inspector Martín echó un vistazo al cielo. No, no, no más pegas, por favor. La bronca con el juez ya había sido desagradable. Y ahora el tiempo se volvía loco. El viento malhumorado estaba arrojando los copos a diestro y siniestro. Los copos blancos y grandes, como arrugados pedazos de pañuelo. Alguien arriba estaba llorando o enfadado. Pronto todo el cementerio estaría blanqueado.
      A dos pasos estaba de pie el chico, delgado y pálido. Las manos en los bolsillos de los jeans andrajosos. Seguro que tenía frío en su capuchera, pero debajo del gorro negro, los ojos serios miraban de hito en hito al inspector Martín. El pobre pavo tenía más huevos que su padre que estaba sentando cómodo en el coche de lujo. En su trabajo de policía inspector Martín había aprendido a soportar un poco a los asesinados, pero a los chorizos como el padre del chico, no. Los gallitos sobrados de este tipo eran los peores que sabía. Maldito cobarde. Habría querido dar una soba dura a la cara de este puto hombre que no apoyaba a su hijo en esta situación horrible.
      —No necesitas estar aquí. Puedes ir allí donde está tu padre —dijo Martín, pero el chico no se movió ni un centímetro.
      Los copos blancos caían inexorables, y el silencio casi le rompía los oídos. Parecía que el resto del mundo había muerto. Martín habría preferido oír la bronca de sus colegas o el aullido desgarrador de las sirenas. Aún mejor sería que pudiera echarse a la bartola en casa con un buen libro y un whisky doble. Pero esta faena aquí la deberían rematar hoy y lo pronto que posible.
      Miró a la peña oscura de cuatro hombres y una mujer.
      –Marina, ¿estás lista con tu cámara?
      La mujer joven asintió con la cabeza mirando a los ojos de Martín y manoseando su dispositivo. Claro que no estaba lista, nadie de ellos estaba. A lo largo de su carrera inspector Martín había visto varios muertos y cadáveres, había seguido un montón de las autopsias, incluso había dado matarile a dos ladrones (dos demasiados, era su opinión), pero a las piltrafas del cuerpo nunca iba a acostumbrarse.
      Martín miró al sepulturero, que estaba esperando, y le hizo una seña.
      —Señores, empecemos.
      El sepulturero se inclinó hacia el ataúd y lo abrió con su herramienta que parecía una palanqueta. Inspector Martín dio un paso adelante para ver mejor. Había subido la manga izquierda para apretarla contra la nariz y la boca si el olor fuera nauseabundo, pero como olió solamente la tierra y la madera mojada, bajó el brazo y se asomó al ataúd. Aunque había tenido una sospecha bastante fuerte, el contenido del ataúd le pilló.

(Continuará en la cabeza del lector… 🙂 )