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Última actualización:
3.10.2017 10:28:47
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Los rincones oscuros

El caso de Luna (un cuento de fantasma)

Ayer ocurrió algo raro. Estaba en casa, como siempre. Hace trece meses que estoy en paro. Nunca tengo nada especial qué hacer. Normalmente paso el tiempo navegando por Internet, chateando con otros que tienen demasiado tiempo y están aburridos, mirando vídeos por YouTube y escuchando música. Mi canción favorita es Los rincones oscuros del alma.
     De repente, sonó el timbre. Os cuento que mi timbre es viejo, no dice ding dong sino que canta como una corneja con voz ronca. No podía ir enseguida a la puerta. Quería terminar chatear con un guapo. Pensaba que no podía ser importante. Algún vecino quería algo o los vendedores ambulantes me molestaban otra vez.
     Al capo de un rato fui al vestíbulo y abrí la puerta. Nadie estaba. "Vale, si tenía algo importante, vendrá de nuevo", pensé. Estaba en la cocina a punto de preparar café, cuando sonó otra vez el timbre. Como una corneja muy vieja. Puse la cafetera, fui a la puerta, la abrí con fuerza y vi... pero a nadie. Todo el pasillo estaba vacío. El silencio muy profundo.
     –Malditos muchachos de los vecinos –murmuré–. Siempre me molestan. ¿No tienen nada mejor qué hacer?
     De repente, tuve una buena idea. Como una bombilla habría encendido en mi cabeza. Eso pasa muy pocas veces. Tomé las llaves y el móvil que tiene cámara. Me vestí en mi abrigo negro con capucha. Con cuidado abrí la puerta y me escabullí al pasillo, llevando los calcetines de lana. Sigilosamente fui al rincón más oscuro. Desde aquí no podía ver mi puerta pero si diera un paso adelante, ya la vería. Me quedé de pie en el rincón, casi no respiraba. Era silencioso como en una tumba.
     Sin avisar, sonó mi timbre. Fue como una palmada electrizada en mi cara. Di un paso adelante, saqué la foto con mi móvil y vi, pero nadie estaba. Sentí una punzada de temor. Rápidamente abrí la puerta del ascensor y subí al séptimo piso, llamé al timbre de una vecina pero no me abrió. Con manos temblorosas, la llamé por teléfono, oí como sonó el móvil en su casa, pero nadie contestó. Bajé corriendo al sexto piso, golpeé a todas las puertas y grité:
     –¡Abrid la puerta! ¡Abridme!
        Pero nadie me abrió. Solamente oí mis propios gritos y pasos cuando corrí al tercer piso donde vivía, abrí la puerta y me encerré en casa. Desenrosqué la cúpula metálica del timbre. Ahora nadie podría llamarlo.
Estuve en casa toda la tarde y toda la noche. No osaba salir. Unas veces oía que se trataba de llamar mi timbre. Tenía miedo. Mucho miedo. No podía dormir. La noche estaba muy silenciosa. La casa estaba profundamente silenciosa. No pasos por las escaleras, no chirrido del ascensor, los perros no ladraban, ningún usaba el water. Solo en la madrugada oí lo que el repartidor de periódicos llevó al casa y dejó caer periódicos por los buzones.

Esta mañana nadie ha ido al trabajo, nadie ha arrancado su coche. Estoy navegando por Internet buscando algo que me explique lo que ha sucedido. Pero en las noticias solamente hablan de la crisis económica, el desempleo, las próximas elecciones, pero nada de lo raro que ha pasado a mis vecinos.
     Al mediodía oigo el sonado del coche en el patio abajo. Dos policías salen del coche. Escucho cuando llaman los timbres, uno tras otro y gritan:
     –¡Policía! ¡Abran la puerta!
     Por fin llegan a mi puerta. Tratan de llamar el timbre, pero cuando no funciona, golpean. Abro enseguida.
     –¿Sabe usted dónde están todos sus vecinos?
     –¡No! No sé nada de esto –digo casi llorando–.
     Y luego les cuento todo lo de ayer.
     –¡Qué raro! –dice el otro–.
     –Mejor que se quede en casa y no abra a nadie antes de que la policía haya aclarado este caso. ¿Vale? –asesora el otro–.
     –Vale. ¿Estoy a salvo aquí?
     –Sí. Encierra y no abra a nadie. Si algo raro ocurrirá, llama a la Policía. Hasta luego.
     –Hasta luego.
     A las dos y media por la tarde mi móvil dice pip pip y recibo un mensaje de mi madre. Está de vacaciones en Tenerife. Escribe que allí hace veintiséis grados y sol. Me recuerda que riegue sus plantas.
     En este momento recuerdo la foto que saqué ayer. Abro la galería del móvil y elijo la última foto. Lo que veo en la foto me da escalofríos. Al lado de la puerta está una figura de la mujer, vestida de un largo camisón. Es totalmente blanca, casi transparente: su ropa, su pelo corto y su piel. La figura está mirando directamente a la cámara. Conozco a la mujer muy bien.
    Soy yo, Luna, pero con los ojos blancos como la nieve, los labios delgados en la mueca más horrible que nunca he visto.
    Otra vez sonó el timbre.